La Canción de La Borinqueña, se cantó como una serenata en 1860, y una versión grabada en un disco el 2 de febrero de 1,900... ✅
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Emanuel Olivieiri...
Era un frío noviembre de 1900. En un
estudio de Nueva York, una soprano
habanera -Rosalia "Chalía" Herrera dejó salir una melodía que no era suya por nacimiento, pero que llevaba en el alma como si lo fuera. Lo que grabó ése día fue La Borinqueña, la canci{ón-danza qué se convertiría en el himno de Puerto Rico.
Fué la primera vez que una canción puertorriqueña quedo fijadaen un disco. Una cubana cantando a Borinquen. En tierra norteamericana. No es casualidad.
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"La Borinqueña," llevó el nombre más insólito que pueda cargar una pieza inmortal: "La Almojábana."
Antes de ser himno, fue serenata. Antes de ser grito de guerra, fue canción de amor. Y antes de llamarse "La Borinqueña," llevó el nombre más insólito que pueda cargar una pieza inmortal: "La Almojábana."
Todo comenzó con un guitarrista enamorado. Francisco "Paco" Ramírez, de San Germán, compuso alrededor de 1860 una melodía para cantarle serenatas a Gumersinda López, a quien llamaban "Sindita" — bella flor del jardín germeño, según recordaban los viejos del pueblo. Sus compañeros de parranda, con ese humor boricua que todo lo bautiza, le pusieron a la canción el nombre más prosaico imaginable: "La Almojábana" — al parecer porque se cantó por primera vez durante la temporada navideña, cuándo era costumbre disfrutar de ese manjar.
Con ese nombre anduvo la melodía por las noches sangermeñas, acompañada por la voz del tenor catalán Félix Astol, quien le añadió una letra romántica que empezaba con "Bellísima trigueña, imagen del candor." Paco iba adaptándole poco a poco el ritmo de la danza criolla que comenzaba a gestarse en la isla — esa cadencia lánguida, ese tresillo elástico que solo el oído boricua sabe sentir sin que nadie se lo explique.
Entonces llegó 1868. Puerto Rico ardía. Se conspiraba en coordinación con Cuba y con los revolucionarios españoles contra Isabel II. Y en el hogar de Bonocio Tió Segarra y su joven esposa, la poetisa Lola Rodríguez de Tió, frente a la plaza principal de San Germán, se reunían los amigos en tertulias donde la música y la política se mezclaban como el café con la leche.
Una noche, pocas semanas antes del Grito de Lares (23 de septiembre), Bonocio reveló que su esposa había escrito unos versos. Ella se resistió — decía que no estaban buenos, que no los había pulido. Pero cedió. Y con su voz de soprano lanzó al aire aquellas palabras que cambiarían todo:
"¡Despierta, borinqueño, que han dado la señal!"
(Me excuso porque Instagram no permite textos largos. El texto sigue en los comentarios. Pueden ir a mí Facebook para leerlo sin interrupción, al igual que la música.)
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