MANIFESTACIONES FÍSICAS ESPONTÁNEAS, Libro de Los Médiums, Capitulo V, Ruidos, alboroto y perturbaciones. – Lanzamiento de objetos. Libro de Los Mediums, ítems #82 - #97
Capítulo V
MANIFESTACIONES FÍSICAS
ESPONTÁNEAS
Ruidos, alboroto y perturbaciones. –
Lanzamiento de objetos. – Fenómeno de aportes.
82. Los fenómenos que acabamos de describir son provocados,
aunque algunas veces ocurren en forma espontánea, sin par-
ticipación de la voluntad, e incluso contra la voluntad, dado
que con frecuencia se vuelven muy inoportunos. Por otra
parte, lo que excluye la suposición de que esos fenómenos
sean un efecto de la imaginación sobreexcitada por las ideas
espíritas, es que se producen entre personas que jamás han
oído hablar al respecto, y en el momento en que menos lo
esperaban. Esos fenómenos, a los que se podría denominar
espiritismo práctico natural, son sumamente importantes,
pues no dan lugar a la sospecha de connivencia. Por eso
recomendamos, a las personas que se ocupan de los fenó-
menos espíritas, que registren todos los hechos de ese gé-
nero de los que tengan conocimiento, pero sobre todo que
verifiquen con cuidado su realidad, mediante un minucioso
estudio de las circunstancias, a fin de asegurarse de que no
son juguetes de una ilusión o de una mistificación.
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83. De todas las manifestaciones espíritas, las más simples y
frecuentes son los ruidos y los golpes. En estos casos, sobre
todo, es preciso resguardarse de una ilusión, ya que una gran
cantidad de causas naturales pueden producirlos: el viento
que silba o que agita un objeto, algún cuerpo que uno mismo
mueve sin darse cuenta, un efecto acústico, un animal ocul-
to, un insecto, etc., e incluso las travesuras de los bromistas
de mal gusto. Por otra parte, los ruidos espíritas presentan
un carácter particular, y revelan una intensidad y un timbre
muy variados, que los hacen fácilmente reconocibles e im-
piden que sean confundidos con los crujidos de la madera,
con las crepitaciones del fuego, o con el monótono tictac de
un reloj. Se trata de golpes secos, ora sordos, débiles y sua-
ves, ora nítidos, definidos, a veces retumbantes, que cambian
de lugar y se repiten sin ninguna regularidad mecánica. De
todos los medios de control, el más eficaz, el que no puede
dejar ninguna duda respecto al origen del fenómeno, es la
obediencia de este a la voluntad de quien lo observa. Si los
golpes se dejan oír en el lugar que uno les indica, si respon-
den a nuestro pensamiento a través de la cantidad o el grado
de intensidad, no podemos negarles una causa inteligente.
Con todo, la falta de obediencia no siempre constituye una
prueba en contrario.
84. Admitamos ahora que, por medio de una comproba-
ción minuciosa, se adquiera la certeza de que los ruidos,
o cualquier otro efecto, son manifestaciones auténticas:
¿será por eso racional que nos asustemos? Por cierto que
no, pues en ningún caso representarían el menor peligro.
Sólo se ven afectadas de modo desagradable las perso-
nas que están convencidas de que esas manifestaciones
son obra del diablo, como sucede con los niños a quie-
nes atemorizamos con el hombre lobo o con el cuco. No
obstante, debemos convenir en que esas manifestaciones
adquieren, en ciertas circunstancias, proporciones y una
persistencia desagradables, de modo que provocan el de
Manifestaciones físicas espontáneas
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seo muy natural de desembarazarse de ellas. Es necesario
que demos aquí una explicación al respecto.
85. Hemos dicho que el objetivo de las manifestaciones físicas
es llamar nuestra atención sobre algo y convencernos de la
presencia de un poder superior al hombre. También dijimos
que los Espíritus elevados no se ocupan de ese tipo de ma-
nifestaciones, y que se sirven de los Espíritus inferiores para
provocarlas, tanto como nosotros nos servimos de los cria-
dos para las tareas pesadas, y eso con el fin que acabamos de
señalar. Una vez alcanzado ese fin, la manifestación material
cesa, porque ya no es necesaria. Uno o dos ejemplos permi-
tirán comprender mejor la cuestión.
86. Hace muchos años, al comienzo de mis estudios sobre espi-
ritismo, estaba cierta noche ocupado en un trabajo relativo a
esta materia, cuando escuché golpes alrededor mío durante
cuatro horas consecutivas. Era la primera vez que me suce-
día algo semejante. Constaté que los golpes no se debían a
ninguna causa accidental, pero en esa ocasión fue todo lo
que pude saber. Por ese entonces mantenía contactos fre-
cuentes con un excelente médium escribiente, de modo que
al otro día interrogué al Espíritu que se comunicaba por su
intermedio acerca de la causa de aquellos golpes. A lo que
me respondió:
–Era tu Espíritu familiar, que deseaba hablar contigo.
–¿Qué quería decirme?
–Puedes preguntárselo tú mismo, pues está aquí.
Interrogué al Espíritu, que se dio a conocer con un nom-
bre alegórico. (Supe más tarde, a través de otros Espíritus,
que pertenece a una categoría muy elevada, y que desem-
peñó en la Tierra un importante papel.) Me señaló errores
en mi trabajo, y me indicó las líneas del manuscrito donde
esos errores se encontraban. También me brindó útiles y sa-
bios consejos, y agregó que estaría siempre conmigo y que
acudiría a mi llamado cada vez que yo quisiera consultarle
algo. De hecho, a partir de entonces ese Espíritu jamás me
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ha abandonado. Recibí de él muchas pruebas de una gran
superioridad, y su intervención benévola y eficaz a mi favor
fue manifiesta, tanto en los asuntos de la vida material, como
en lo concerniente a las cuestiones metafísicas. No obstante,
desde nuestra primera entrevista los golpes cesaron. ¿Qué
deseaba él, en realidad? Ponerse en comunicación regular
conmigo, y para eso necesitaba avisarme. Una vez que el
aviso fue entregado y explicado, y que se establecieron las
relaciones regulares, los golpes eran inútiles, y por esa razón
cesaron. No se toca más el tambor para despertar a los sol-
dados cuando ya están en pie.
Un hecho casi similar ocurrió con uno de nuestros amigos.
Hacía algún tiempo que se producían en su cuarto ruidos
diversos que se volvieron muy molestos. Cuando se le pre-
sentó la ocasión de interrogar al Espíritu de su padre, a tra-
vés de un médium escribiente, nuestro amigo supo qué que-
rían de él, hizo lo que se le encomendó y a partir de entonces
no escuchó más ruidos. Debemos señalar que las personas
que disponen de un medio regular y fácil de comunicación
con los Espíritus, sólo muy raramente presencian manifesta-
ciones de ese género, lo que es comprensible.
87. Las manifestaciones espontáneas no siempre se limitan a rui-
dos y golpes, sino que algunas veces degeneran en un verdadero
alboroto y en perturbaciones. Muebles y objetos diversos son
derribados, proyectiles de todo tipo son arrojados desde afuera
hacia adentro, puertas y ventanas son abiertas y cerradas por
manos invisibles, los vidrios de las ventanas son quebrados, y
todo eso no puede ser atribuido a una ilusión.
Muchas veces el desorden es real, pero en otras ocasiones
sólo es aparente. Se escucha un estruendo en el cuarto conti-
guo, el ruido de la vajilla que cae y se rompe estrepitosamen-
te, trozos de leña que ruedan por el piso. Las personas de la
casa acuden presurosas, pero encuentran todo tranquilo y
en orden. No obstante, tan pronto como se retiran del lugar,
comienza nuevamente el alboroto.
Manifestaciones físicas espontáneas
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88. Las manifestaciones de este género no son raras ni nuevas,
y hay pocas crónicas locales que no contemplen alguna
anécdota de esa naturaleza. No hay duda de que el miedo
ha exagerado muchas veces algunos hechos que, al pasar de
boca en boca, alcanzaron proporciones extraordinariamente
ridículas. Con la ayuda de la superstición, se ha considera-
do que las casas donde se producen estos fenómenos son
frecuentadas por el diablo, y de ahí han resultado todos los
cuentos maravillosos o terribles sobre aparecidos. Por otro
lado, la ruindad no dejó pasar tan buena ocasión para explo-
tar la credulidad, casi siempre en beneficio de sus intereses
personales. Además, comprendemos la impresión que esos
hechos, incluso dentro de los límites de la realidad, pueden
producir en caracteres débiles y predispuestos, a través de
la educación, a cultivar ideas supersticiosas. El medio más
seguro de prevenir los inconvenientes que pudieran generar,
ya que no es posible impedir que ocurran, consiste en dar a
conocer la verdad. Las cosas más simples se vuelven aterra-
doras cuando ignoramos su causa. Cuando todos se hayan
familiarizado con los Espíritus, y las personas a quienes es-
tos se manifiestan ya no crean que los persigue una legión de
demonios, nadie les temerá.
En la Revista Espírita puede leerse la narración de numero-
sos hechos auténticos de este género, entre otros, la historia
del Espíritu golpeador de Bergzabern, cuyas travesuras du-
raron más de ocho años (véanse los números de mayo, junio
y julio de 1858); la de Dibbelsdorf (agosto de 1858); la del
panadero de las Grandes-Ventes, cerca de Dieppe (marzo de
1860); la de la calle des Noyers, en París (agosto de 1860); la
del Espíritu de Castelnaudary, con el título de “Historia de
un condenado” (febrero de 1860); la del fabricante de San
Petersburgo (abril de 1860), y muchas otras.
89. Los hechos de esta naturaleza suelen tener el carácter de una
verdadera persecución. Conocemos a seis hermanas que vi-
vían juntas y que todas las mañanas, durante varios años,
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encontraban sus ropas desparramadas por la casa, ocultas
hasta en los techos, desgarradas y cortadas en pedazos, por
más que tomaran la precaución de guardarlas bajo llave. Mu-
chas veces ha sucedido que personas acostadas en la cama,
pero completamente despiertas, han visto que se agitaban los
cortinados, que las colchas y las almohadas eran arrancadas
con violencia, y que ellas mismas eran suspendidas sobre el
colchón, e incluso arrojadas fuera del lecho. Estos fenóme-
nos son más frecuentes de lo que se supone, pero sus víc-
timas raramente se atreven a hablar del tema, por temor
al ridículo. Hemos tenido conocimiento de que se creyó
haber curado de supuestas alucinaciones a algunos indi-
viduos que, debido a estos fenómenos, fueron sometidos
al tratamiento indicado para los alienados, lo que los dejó
realmente locos. La medicina es incapaz de comprender
estas cosas, porque sólo admite en las causas el elemento
material, de lo que resultan errores a menudo funestos. Al-
gún día la historia describirá ciertos tratamientos del siglo
diecinueve del mismo modo que hoy se narran algunos
procedimientos de la Edad Media.
Admitimos plenamente que algunos hechos son obra de la
picardía o de la malicia. No obstante, si después de todas las
comprobaciones quedara demostrado que no son fruto de
la acción del hombre, será preciso admitir que son obra del
diablo, como dicen algunos, o de los Espíritus, como deci-
mos nosotros. Pero ¿de qué Espíritus?
90. Los Espíritus superiores, del mismo modo que entre noso-
tros los hombres rectos y serios, no se entretienen haciendo
alboroto. Muchas veces hemos evocado a los Espíritus gol-
peadores para preguntarles por qué motivo perturban así la
tranquilidad de las personas. La mayoría de ellos no tiene
otro objetivo más que divertirse. Son Espíritus frívolos más
que malos. Se ríen del terror que provocan y de las inves-
tigaciones inútiles que realizamos para averiguar la causa
del tumulto. Suelen ensañarse con un individuo, al que se
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complacen en molestar, y lo persiguen de casa en casa. Otras
veces se apegan a un lugar sin otro motivo que su capricho.
También, en ocasiones, hacen todo eso por venganza, como
tendremos oportunidad de ver. En algunos casos su inten-
ción es más loable: quieren llamar la atención de ciertas per-
sonas y establecer comunicación con ellas, ya sea para ha-
cerles una advertencia útil, o bien para solicitarles algo para
sí mismos. Hemos visto muchos Espíritus que piden plega-
rias, o que solicitan el cumplimiento, en su nombre, de votos
que no pudieron llevar a efecto. Otros desean, en interés de
su propio descanso, reparar una mala acción que cometie-
ron cuando estaban vivos. En general, es un error que les
tengamos miedo. La presencia de esos Espíritus puede ser
molesta, pero no peligrosa. Por lo demás, es comprensible
que todos quieran verse libres de ellos, aunque para lograrlo
suelen hacer todo lo contrario de lo que deberían. Si se trata
de Espíritus que se divierten, cuanto más en serio se toma la
cuestión, tanto más persisten, como los niños traviesos que
asustan a los miedoso y molestan cada vez más a quienes se
impacientan. Si todos tomaran la sabia decisión de reírse de
sus travesuras, esos Espíritus acabarían por cansarse y que-
darse tranquilos. Conocemos a alguien que, lejos de irritar-
se, los incitaba, desafiándolos a que hicieran tal o cual cosa,
de modo que al cabo de pocos días no regresaron más. Con
todo, como ya hemos manifestado, algunos Espíritus proce-
den de esa manera por motivos menos frívolos. Por eso es
siempre útil enterarse de lo que quieren. Si nos piden algo,
podemos tener la certeza de que no reiterarán sus visitas una
vez que hayamos satisfecho sus deseos. La mejor manera de
informarnos a ese respecto consiste en que evoquemos al
Espíritu por medio de un buen médium escribiente. Por sus
respuestas veremos de inmediato con quién estamos tratan-
do, y obraremos en consecuencia. Si se trata de un Espíritu
desdichado, la caridad exige que le dispensemos las atencio-
nes que merece; si es un bromista de mal gusto, podemos
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obrar para con él sin miramientos; si es un malévolo, debe-
mos rogar a Dios que lo vuelva mejor. Cualquiera que sea el
caso, la plegaria siempre da buenos resultados. En cambio,
los Espíritus se ríen de las solemnes fórmulas de exorcismo,
y no las toman en cuenta para nada. En caso de que se entre
en comunicación con ellos, hay que desconfiar de los califi-
cativos burlescos o atemorizantes que algunas veces se dan a
sí mismos para divertirse a costa de los crédulos.
Volveremos a tratar con mayores detalles este asunto, así
como las causas que a menudo hacen que las plegarias re-
sulten ineficaces, en los capítulos sobre los lugares donde se
manifiestan los Espíritus y sobre la obsesión.
16
91. Aunque llevados a cabo por Espíritus inferiores, esos fenó-
menos son provocados a menudo por Espíritus de un orden
más elevado, con el fin de demostrar la existencia de seres
incorporales, así como de un poder superior al del hombre.
La repercusión que esos hechos tienen, e incluso el temor
que causan, llaman la atención y acabarán por abrir los ojos
de los más incrédulos. Estos encuentran más sencillo con-
siderar tales fenómenos como producto de la imaginación:
explicación muy cómoda y que exime de otras. No obstante,
cuando los objetos son desparramados por todas partes o
arrojados a la cabeza de alguien, sólo una imaginación muy
complaciente podría creer que esas cosas son reales cuan-
do se supone que no lo son. Desde que se nota un efecto
cualquiera, este tiene necesariamente una causa. Si una
observación fría y tranquila nos demuestra que ese efecto
es independiente de toda voluntad humana y de cualquier
causa material, y si además nos ofrece señales evidentes de
inteligencia y de voluntad libre, lo que constituye la señal más
característica, forzosamente debemos atribuirlo a una inte-
ligencia oculta. ¿Qué seres misteriosos son esos? Esta es la
pregunta que los estudios espíritas nos responden de la ma-
16 Véanse los capítulos IX y XXIII. (N. del T.)
Manifestaciones físicas espontáneas
115
nera menos discutible, a través de los medios que nos facili-
tan para comunicarnos con ellos. Esos estudios nos enseñan
también a distinguir lo que es real, falso o exagerado en los
fenómenos que no comprendemos. Si un efecto extraño se
produce, tal como un ruido, un movimiento o incluso una
aparición, la primera idea que debemos tener es la de que ese
efecto se debe a una causa absolutamente natural, porque
eso es lo más probable. Entonces es preciso buscar esa causa
con el mayor cuidado, y no admitir la intervención de los
Espíritus salvo que se tenga la certeza de ello. Ese es el medio
de evitar una equivocación. Así, por ejemplo, quien reciba
una bofetada o un bastonazo en la espalda, sin que nadie se
le haya acercado, como ha sucedido, no podrá dudar de la
presencia de un ser invisible.
Debemos resguardarnos no sólo de los relatos que se consi-
deren exagerados, sino también de nuestras propias impre-
siones, y no atribuir un origen oculto a todo lo que escape a
nuestra comprensión. Una infinidad de causas muy sencillas
y muy naturales pueden producir efectos aparentemente ex-
traños, y sería una verdadera superstición ver por todas par-
tes Espíritus ocupados en derribar muebles, romper la vajilla
y suscitar, en suma, los innumerables accidentes domésticos
que es más racional atribuir a la torpeza.
92. La explicación que se ha dado acerca del movimiento de los
cuerpos inertes se aplica naturalmente a todos los efectos es-
pontáneos que acabamos de considerar. Los ruidos, aunque
sean más fuertes que los golpes en la mesa, tienen la misma
causa. Los objetos son arrojados o desplazados por la misma
fuerza que levanta cualquier objeto. Existe aquí una circuns-
tancia que apoya esta teoría. Podríamos preguntar dónde está
el médium, en esa circunstancia. Los Espíritus nos han dicho
que, en ese caso, siempre hay alguien cuyo poder se ejerce sin
que lo sepa. Las manifestaciones espontáneas muy raramente
se producen en lugares aislados; casi siempre tienen lugar en
casas habitadas, y debido a la presencia de ciertas personas
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que sin quererlo ejercen una influencia. Esas personas son au-
ténticos médiums que ignoran sus facultades, a quienes deno-
minamos, por esta razón, médiums naturales. Son, en relación
con los demás médiums, lo que los sonámbulos naturales son
en relación con los sonámbulos magnéticos, y merecen que se
los estudie tanto como a aquellos.
93. La intervención voluntaria o involuntaria de una persona
dotada de una aptitud especial para producir esos fenóme-
nos parece ser necesaria en la mayoría de los casos, si bien
existen aquellos en los que el Espíritu parece actuar por sí
solo. Con todo, incluso en esos casos, él podría tomar el flui-
do animalizado de una persona que estuviera en otra parte,
sin que se halle presente en el lugar del fenómeno. Esto ex-
plica por qué los Espíritus, que nos rodean permanentemen-
te, no provocan perturbación a cada momento. En primer
lugar, es preciso que el Espíritu quiera, que tenga un objetivo,
un motivo, pues de lo contrario no hace nada. En segundo
lugar, casi siempre hace falta que encuentre, precisamente
en el lugar donde se propone actuar, a una persona apta para
secundarlo, coincidencia que rara vez ocurre. Si esa persona
aparece en forma inesperada, el Espíritu se servirá de ella.
No obstante, aunque todas las circunstancias sean favora-
bles, aún así el Espíritu podrá verse impedido por una volun-
tad superior, que le impedirá actuar conforme a su voluntad.
También es posible que sólo se le permita hacerlo dentro de
ciertos límites, y en caso de que esas manifestaciones sean
consideradas útiles, sea como medio de convicción, o bien
como prueba para la persona que es objeto de esas acciones.
94. Al respecto, sólo citaremos el diálogo provocado a raíz de
los hechos ocurridos en junio de 1860, en la rue des Noyers,
en París. Los detalles se encuentran registrados en la Revista
Espírita, de agosto de ese mismo año.
1. (A san Luis). ¿Tendríais la bondad de decirnos si son rea-
les los hechos que según dicen han ocurrido en la rue des
Noyers? En cuanto a que sean posibles, no tenemos duda.
Manifestaciones físicas espontáneas
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“Sí, esos hechos son reales, aunque la imaginación de los
hombres los haya exagerado, sea por temor o por ironía.
Con todo, vuelvo a repetirlo, son reales. Esas manifestacio-
nes son provocadas por un Espíritu que se divierte un poco
a costa de los habitantes del lugar.”
2. ¿Hay en la casa alguna persona que sea la causa de esas
manifestaciones?
“Esas manifestaciones siempre son causadas por la presen-
cia de la persona a la que se ataca. El Espíritu perturbador
se enoja con el habitante del lugar donde él se encuentra;
entonces trata de hacerle maldades, e incluso se propone
obligarlo a que se mude.”
3. Lo que preguntamos es si, entre los habitantes de la casa,
existe alguno que cause esos fenómenos con una influencia
mediúmnica espontánea e involuntaria.
“Es necesario que así sea, pues de lo contrario el hecho no
podría ocurrir. Un Espíritu habita en un lugar de su predi-
lección. Se mantendrá inactivo en tanto no se presente en
ese lugar una persona cuya naturaleza le resulte conveniente.
Cuando esa persona aparece, se divierte cuanto puede.”
4. ¿Es indispensable que dicha persona esté presente en
ese lugar?
“Es el caso más común, y es lo que acontece en el hecho que
habéis citado. Por eso dije que de lo contrario el hecho no
habría podido ocurrir. Sin embargo, no pretendí generalizar.
Hay casos en los que la presencia inmediata no es necesaria.”
5. Dado que esos Espíritus son siempre de un orden inferior,
la aptitud para servirles de auxiliar, ¿es una presunción des-
favorable para la persona? ¿No denota eso una simpatía de
su parte para con los seres de esa naturaleza?
“No precisamente, porque esa aptitud depende de una dis-
posición física. Sin embargo, muy a menudo denota una ten-
dencia material que sería preferible no tener, pues la persona,
cuanto más elevada es moralmente, más atrae hacia sí a los
Espíritus buenos, que necesariamente apartan a los malos.”
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6. ¿Adónde va a buscar el Espíritu los proyectiles de los cuales se vale?
“La mayoría de las veces esos objetos diversos son tomados en el lugar mismo de los fenómenos, o en sus cercanías. Una
fuerza que procede del Espíritu los lanza al espacio, y van a caer en el lugar que él ha elegido.”
7. Dado que las manifestaciones espontáneas por lo gene-
ral son permitidas e incluso provocadas con el propósito de
convencer a los hombres, nos parece que si algunos incrédu-
los fueran personalmente el objetivo, se verían obligados a
rendirse ante la evidencia. A veces ellos se quejan de que no
han podido ser testigos de hechos concluyentes. ¿No depen-
dería de los Espíritus darles una prueba sensible?
“¿Acaso los ateos y los materialistas no son a cada instante
testigos de los efectos del poder de Dios y del pensamiento?
Eso no impide que nieguen a Dios y al alma. ¿Acaso los mila-
gros de Jesús convirtieron a todos sus contemporáneos? Los
fariseos que le decían: ´Maestro, haznos ver algún prodigio`,
¿no se asemejan a los que hoy os piden que les mostréis al-
gunas manifestaciones? Si las maravillas de la creación no
los han convencido, tampoco se convencerán cuando los
propios Espíritus se les aparezcan del modo más evidente,
pues su orgullo los hace parecerse a los caballos rebelones,
que se resisten a obedecer. Las ocasiones de ver no les falta-
rían si las buscaran de buena fe, razón por la cual Dios no
juzga conveniente hacer por ellos más de lo que hace por los
que sinceramente tratan de instruirse. Dios sólo recompensa
a los hombres de buena voluntad. La incredulidad de aque-
llos otros no impedirá que la voluntad de Dios se cumpla.
Ya veis que esa incredulidad no ha impedido la expansión
de la doctrina espírita. Dejad, pues, de inquietaros por esa
oposición, que para la doctrina es semejante a la sombra en
un cuadro: le da mayor realce. ¿Qué mérito tendrían esas
personas si fuesen convencidas por la fuerza? Dios les deja
toda la responsabilidad por su obstinación, y esa responsa
Manifestaciones físicas espontáneas
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bilidad será más terrible de lo que suponéis. Felices los que
creen sin haber visto, dijo Jesús, porque esos no dudan del
poder de Dios.”
8. ¿Crees que sería útil que evocáramos a ese Espíritu para
pedirle algunas explicaciones?
“Evocadlo, si así lo queréis. Pero es un Espíritu inferior que
sólo os dará respuestas muy insignificantes.”
95. Diálogo con el Espíritu perturbador de la rue des Noyers:
1. Evocación.
“¿Por qué me llamáis? ¿Queréis pedradas? En ese caso sería
un sálvese quien pueda, pese a vuestro aire de valentía.”
2. Aunque nos lanzaras piedras aquí, eso no nos asustaría.
Incluso te preguntamos si puedes hacerlo realmente.
“Aquí tal vez no pueda. Tenéis un guardia que vela por
vosotros.”
3. En la rue des Noyers, ¿había una persona que te servía de
auxiliar, para facilitarte las travesuras que hacías a los habi-
tantes de la casa?
“Por cierto, encontré un buen instrumento, y no había nin-
gún Espíritu docto, sabio y mojigato que me lo impidiera.
Soy alegre y a veces me gusta divertirme.”
4. ¿Cuál era la persona que te servía de instrumento?
“Una criada.”
5. ¿Te servía de auxiliar sin saberlo?
“¡Oh, sí! ¡Pobre muchacha! Era la más asustada.”
6. ¿Actuabas con un propósito hostil?
“Yo no tenía ningún propósito hostil. Pero los hombres, que
se adueñan de todo, sabrán aprovecharse de lo sucedido.”
7. ¿Qué pretendes decir con eso? No te comprendemos.
“Yo sólo me proponía divertirme. Pero vosotros estudiaréis
la cuestión y tendréis un hecho más para demostrar que
existimos.”
8. Dices que no tenías un propósito hostil. Sin embargo, has
roto todos los vidrios de la casa, y así causaste un perjuicio real.
“Es un detalle.”
Segunda Parte – Capítulo V
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9. ¿Dónde conseguías los objetos que arrojaste?
“Son muy comunes. Los encontré en el patio y en los jardi-
nes vecinos.”
10. ¿Los encontraste todos, o fabricaste algunos? (Véase más
adelante el capítulo VIII.)
“No creé ni compuse nada.”
11. ¿Si no los hubieras encontrado, habrías podido fabricarlos?
“Habría sido más difícil. Con todo, en rigor, se mezclan ma-
teriales y con eso se hace alguna cosa.”
12. Ahora explícanos cómo los arrojaste.
“¡Ah! Esto es más difícil de explicar. Me serví de la natura-
leza eléctrica de esa muchacha, y la junté con la mía, que es
menos material. De esa manera, ambos pudimos transportar
los diversos materiales.”
13. Pienso que te agradaría darnos algunas informaciones
acerca de tu persona. Dinos, en primer lugar, si hace mucho
tiempo que has muerto.
“Hace bastante tiempo: unos cincuenta años.”
14. ¿Qué hacías cuando vivías?
“No hacía gran cosa. Recogía trapos viejos en ese barrio, y a
veces me decían tonterías, porque me gustaba mucho el licor
rojo del viejo Noé. Por eso quería que todos salieran corriendo.”
15. ¿Fue por ti mismo y de buen grado que respondiste a
nuestras preguntas?
“Tuve un instructor.”
16. ¿Quién es ese instructor?
“Vuestro buen rey Luis.”
OBSERVACIÓN – Esta pregunta fue motivada por la naturaleza de
algunas respuestas, que parecen exceder el alcance del Espíritu tanto
por el contenido de las ideas como por la forma del lenguaje. No hay
nada de asombroso en el hecho de que haya sido auxiliado por un
Espíritu más esclarecido, que quiso aprovechar la oportunidad para
instruirnos. Este es un hecho muy común, pero lo que constituye una
particularidad notable en esta circunstancia, es que la influencia del
otro Espíritu se hizo sentir en la escritura misma. La letra de las res
Manifestaciones físicas espontáneas
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puestas en que él intervino es más regular y más fluida. En cambio, la
del trapero es angulosa, gruesa, irregular, muchas veces poco legible,
y posee un carácter muy diferente.
17. ¿Qué haces ahora? ¿Te ocupas de tu porvenir?
“Todavía no; me encuentro errante. Piensan tan poco en mí en la
Tierra, que nadie ora por mí. Como no me ayudan, no trabajo.”
OBSERVACIÓN – Más tarde veremos cuánto se puede contribuir al
adelanto y el alivio de los Espíritus inferiores por medio de la plegaria
y los consejos.
18. ¿Cuál era tu nombre cuando vivías?
“Jeannet.”
19. ¡Muy bien, Jeannet! Vamos a orar por ti. Dinos si nuestra
evocación te dio placer o te contrarió.
“Más bien placer, porque sois buenos muchachos, alegres,
aunque un tanto austeros. Lo mismo da, me habéis escucha-
do, estoy contento.”
JEANNET
Fenómeno de aportes17
96. Este fenómeno no difiere de los que acabamos de mencio-
nar, excepto por la intervención benévola del Espíritu que lo
produce, por la naturaleza de los objetos de que este se sirve,
casi siempre atractivos, y por la manera suave e incluso de-
licada mediante la cual son aportados. Consiste en el aporte
espontáneo de objetos que no existen en el lugar donde es-
tán los observadores. Casi siempre se trata de flores, a veces
frutos, confituras, joyas, etc.
97. Digamos, para comenzar, que este fenómeno es uno de los
que más se prestan a la imitación y, por consiguiente, debe-
17 En francés: apports. En una de sus acepciones, el verbo aportar –de donde deri-
va el sustantivo aporte– significa llevar, conducir, traer. Los investigadores france-
ses han utilizado este término, adoptado también en otros idiomas, para referirse
al fenómeno descrito por Allan Kardec y, más específicamente, al que consiste en
la introducción de objetos en lugares cerrados. (N. del T.)
Manifestación Espontánea no es por Espíritus Buenos. Libro de los Médiums, #85.
Publicación de Manuel Santana, 4 de noviembre 2023.
#85. Hemos dicho que el objetivo de las manifestaciones físicas es llamar nuestra atención sobre algo y convencerlos de la presencia de un poder superior al hombre. También dijimos que los Espíritus elevados no se ocupan de ese tipo de manifestaciones, y que se sirven de los Espíritus inferiores para provocarlas, tanto como nosotros nos servimos de los criados para las tareas pesadas, y éso con el fin que acabamos de señalar. Una vez alcanzado ése fin, la manifestación material cesa, porque ya no es necesaria. Uno o dos ejemplos permitirán comprender mejor la cuestión. (EL LIBRO DE LOS MÉDIUMS)(Segunda Parte cap.V Ítem #85)





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